La singularidad no siempre está en aquello que vemos, sino en la sensación de que algo, silenciosamente, podría estar sucediendo.

Singularidad nace de la atracción por aquellos espacios en los que la realidad parece conservar su apariencia cotidiana y, sin embargo, algo altera silenciosamente su equilibrio.

Interiores, objetos, animales y arquitecturas construyen escenas aparentemente posibles. Lugares habitados por la belleza, la memoria y la luz, donde pequeños elementos inesperados introducen una duda, una anomalía o una historia que permanece sin explicar.

Los objetos no aparecen únicamente por su valor estético. Algunos pertenecen al recuerdo, otros a la imaginación y otros parecen haber llegado al cuadro siguiendo una lógica propia. Conviven sin revelar del todo la relación que existe entre ellos.

En Singularidad, la pintura propone al espectador entrar en la escena, recorrerla y descubrir sus indicios. No existe una única interpretación ni una narración cerrada. Cada obra contiene un pequeño universo en el que lo familiar y lo extraño pueden ocupar el mismo espacio.